Reivindicando el derecho a elegir teletrabajar

David Blay Tapia

David Blay Tapia

Periodista & Co-fundador Escuela de Trabajo Remoto

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David Blay nos descubre a lo largo de este post porque hay que reivindicar el derecho a teletrabajar.

Vaya por delante que comprendo que una empresa levantada con el esfuerzo y la apuesta económica de una o varias personas, que ha demostrado ser rentable o al menos no deficitaria, que lleva tiempo construyendo un producto o prestando un servicio y que tiene una cultura presencial, quiera mantenerla. Si algo se ha demostrado que funciona es mejor no tocarlo. O eso dicen. Pero, por desgracia, en los tiempos que vivimos esto no es realmente así.

La crisis de 2007 fue devastadora, pero progresiva. Se destruyeron puestos de trabajo y desaparecieron compañías, pero la mayoría tuvo un cierto margen inicial para tratar de pivotar, reinventarse o hacer análisis de lo que venía por delante.

Sin embargo, lo ocurrido durante las fases del Estado de Alarma en España (y lo que está sucediendo ahora en el resto del mundo) es enormemente distinto: en tres meses CASI TODO se ha parado. Y en muchos casos, negocios de años o décadas han caído a plomo. Sin remisión.

A ello se le ha unido el hecho de que muchos sectores (que en su mayoría sostenían la economía) ya no podrán volver a ser los mismos. Por un tema de salud pública, lo primero. Por la amenaza de otros confinamientos, lo segundo. Y por cómo van a cambiar las cosas a su alrededor, lo tercero.

Se queja la gastronomía de que el teletrabajo puede hundirles, pero no hablan de vivir al día, pagar en B, acceder a perfiles poco formados o brotar como setas cuando determinada franquicia obtiene éxito hasta acabar otorgando muy poco valor añadido.

Se quejan (muchos) empresarios de que necesitan que vuelvan las personas a su puesto fijo en la oficina, cuando sin haber invertido en formación para ellas éstas les han salvado el culo en remoto. Consiguiendo, no nos olvidemos, que se mantuvieran muchas empresas a flote, muchos puestos de trabajo y que la economía cayera menos de lo que lo podría haber hecho.

Lo que plantea, como hablábamos al inicio del artículo, una pregunta que cambia absolutamente el paradigma mental del trabajo en España: ¿quién debe decidir dónde rinde mejor un empleado, aquel que lo contrata o quien se conoce a sí mismo como nadie y puede DEMOSTRAR Y MEDIR su aportación?

Como sé que al fundador de Nomad City no le gusta el fútbol, voy a poner un ejemplo acerca de este deporte: muchos entrenadores colocan a jugadores en posiciones donde rinden correctamente, pero por debajo de cómo lo harían si se ubicaran en el lugar donde su aportación es óptima. Esto, trasladado al mundo de las compañías, establece un paralelismo muy sencillo. Puedes conformarte con alguien que cumple porque tiene una gran capacidad para ello o colocarle en el sitio (o circunstancia) donde aporte más a tu proyecto.

La ley del Teletrabajo va a suponer un paso mínimo por dos razones: quienes legislan nunca han sido freelance y no se reconoce esta práctica como un derecho sino como un acuerdo voluntario de las partes, siempre supeditado a la opinión final del empleador.

Algo muy lícito, pero ineficiente. Por eso España está a la cola de la productividad en Europa. Por eso mucha gente ficha por empresas extranjeras (o simplemente más pequeñas) que les permiten realizar sus tareas desde donde quieran, incluso cobrando menos dinero que en proyectos cercanos. Y por eso, pese a que solo teletrabajaba un 4% de la población activa antes de la pandemia, más de un 68% declaraban (anónimamente) en un estudio de Randstad que les gustaría al menos probar esta posibilidad.

Vuelvo al inicio. Entiendo que quien paga manda. Pero hoy ya no lo suscribo. Porque si pagas por un trabajo peor que el que podrías tener, la culpa de no crecer, o quemar a la gente, o caerte con todo el equipo cuando cambian los vientos, es exclusivamente tuya.

David Blay Tapia

Periodista & Co-fundador Escuela de Trabajo Remoto
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